Ubuntu MATE 18.04 LTS / 18.10

Una grata sorpresa me he llevado con el flavour Ubuntu MATE 18.04 LTS, así que vamos a comentar un poco la jugada.

Ubuntu MATE es una de las variantes oficiales del sistema operativo Ubuntu, aunque ésta se basa en el entorno de escritorio MATE, el cual es la continuación del “viejo” proyecto Gnome 2. Y Gnome 2 era mi entorno de escritorio favorito hasta que Canonical decidió tirar por su propio proyecto Unity. De este modo, nada más iniciar el live USB de Ubuntu MATE, la primera sensación ya fue favorable hacia este sistema operativo.

Comencé por instalar la LTS 18.04, y, tras comprobar que todo funcionaba correctamente, actualicé a la última versión, la 18.10, que la tengo ahora mismo corriendo también sin fallos. La verdad es que, en este sistema operativo, no hay diferencias visibles entre su versión 18.04 y 18.10, no como en Ubuntu, donde se han apreciado cambios en la interfaz. Evidentemente, en cuanto al software base del sistema, sí que ha habido las actualizaciones pertinentes. Esto quiere decir que, a no ser que uno busque el soporte de 5 años de la LTS, será prácticamente indiferente cual de las dos versiones vayamos a usar, aunque tengo la sensación que la 18.10 va mejor. No obstante, he encontrado cuelgues en el proceso de reinicio al instalar desde USB la 18.10 (también me ha ocurrido con Ubuntu), de modo que recomiendo usar para la instalación el disco de la 18.04 y luego decidir si realizar una actualización a 18.10 o no.

Una vez en el sistema en sí, destacaría el centro de configuración de Ubuntu MATE, ya que es más extenso que el básico de Ubuntu y nos permite realizar muchas tareas y personalizaciones de serie, cuando en Ubuntu tenemos que tirar de software extra o de la terminal. Por ejemplo, en Ubuntu MATE podremos activar y configurar lo básico del firewall ufw desde el panel de configuración, sin necesidad de acudir a la línea de comandos. También tendremos un gran control sobre la personalización de la interfaz con las herramientas que vienen de serie, tales como puede ser el MATE Tweak. Esto es genial para los usuarios familiarizados con GNU/Linux, ya que el nivel de personalización de los elementos de la interfaz es elevada, mientras que para los menos expertos es fácil tocar algo que no sepan arreglar. En este sentido, en Ubuntu es más difícil que un usuario novel se cargue algún elemento importante de la interfaz, además de que ésta está más simplificada y resulta menos “abrumadora” para los menos doctos en lidiar con software. Sin embargo, los que llevamos tiempo en el mundillo, creo que agradecemos todos los elementos extra que MATE incorpora. Hablando del MATE Tweak, a él tendremos que acudir si queremos activar efectos sobre las ventanas, ya que por defecto éstas vienen al estilo soso de antaño.

 

Ubuntu MATE no incorpora bloatware como Ubuntu, que, aunque sea mínimo, estar está. Y esa esencia de Gnome 2 nos devuelve al tiempo en el que la barra superior podía ser un elemento activamente útil, y no un trozo de pantalla prácticamente inútil. De hecho, de serie, Ubuntu MATE nos permite cambiar con un par de clics el modo de interactuar con la interfaz para adaptarla a nuestros gustos. Así, podemos optar por una interfaz al estilo Windows con sólo una barra de tareas inferior, una al estilo clásico Gnome 2 con su doble barra de tareas, una al estilo Mac, o una al estilo clásico Ubuntu, entre otras, además de tener siempre el control para realizar modificaciones posteriores sobre estas barras de actividades. En MATE, poner o quitar elementos de las barras de tareas está a golpe de clic, lo cual, como decía antes, tiene muchas ventajas para los más veteranos mientras que para los poco hábiles con los sistemas GNU/Linux, o el software en general, puede terminar mal. Es decir, si yo quisiera poner un Linux en el ordenador de alguien patoso con el software, pondría mejor Ubuntu; no es ser catastrofista: borrar las barras de tareas está literalmente al golpe de dos clics.

A pesar de basarse en Ubuntu, Ubuntu MATE incorpora su propia lista de aplicaciones. Muchas nos resultarán conocidas (Firefox, LibreOffice…), mientras que otras nos resultarán curiosas, pero perfectamente válidas, como Pluma en lugar de Gedit o Software Boutique en lugar del Centro de software de Ubuntu. Uno u otro “centro de software”, al final, no es más que el lugar desde donde instalar gráficamente Synaptic, que es en realidad mi gestor de paquetes favorito. Aunque, volviendo al tema de los usuarios noveles, los “centros de software” de serie son más adecuados para usuarios poco expertos en GNU/Linux, ya que ofrecen una visión de las aplicaciones disponibles de una manera bien agrupada y explicada. Lo bueno de todo esto es que, como siempre en Linux, podremos instalar o desinstalar las aplicaciones que queramos de una manera sencilla y podremos seguir usando las que más nos gustan si no nos van bien las que vienen preinstaladas.

Poco más que añadir, excepto puntualizar que la experiencia global con Ubuntu MATE me parece más que buena. Se agradece que, tanto en la interfaz como en la configuración, encontremos pequeños detalles útiles que marcan la diferencia.

Sobre la transmisión

Es curioso como el cambio de marchas puede arruinar una buena ruta en bicicleta, ¿no? Es decir, en la bicicleta hay muchos elementos que pueden funcionar un poco mejor o un poco peor. Yo soy bastante tiquismiquis, hay que decirlo, y la verdad es que el más mínimo desajuste, roce o ruido raro me fastidia. Pero si hay algún elemento que consigue transmitirme buenas sensaciones encima de la bicicleta o minarme moralmente una ruta, es un cambio que funcione mal, bien sea porque la cadena esté tocada, la pata desviada, algún tornillo que necesita un ajuste, etc.

Y es que el cambio es un elemento que se va usando en todo momento cuando salimos en bicicleta, y, si no va fino, es como llevar una espina clavada en un dedo: no es grave, pero molesta un huevo. Además, una cosa es que haya roces o ruidos indebidos en la transmisión, o que no cambie perfecto, pero otra ya es que queramos cambiar hacia algún piñón y no entre a la primera. Aquí ya es el tema grave, y además nos puede hacer poner pie en un repecho o zona técnica que pasaríamos bien si todo funcionase correctamente.

Este tema tal vez viene a cuento de que recientemente he tenido algún problema con los cambios de mis bicicletas de montaña, nada grave pero molesto. O tal vez se deba este artículo a un vídeo que vi sobre una bicicleta de montaña de gama baja donde los cambios eran un horror, hasta el punto de que la pata de cambio trasera le salió volando al chaval en la primera ruta de prueba (eso sí, se metía una bicicleta de menos de 200€ en un tramo de trail/enduro a bastante caña, y los cambios no fueron el único problema).

Dicho sea de paso, acabo de instalar una nueva cadena en 11v que nunca había usado, la KMC X11-93, una cadena que no puedo valorar todavía a falta de darle rodaje, pero que se encuentra a día de hoy por debajo de los 20€ y que tiene muy buena pinta. Al menos, la instalación es mucho más sencilla que la clásica Shimano 11v, ya que se trata de una cadena no direccional, que se puede colocar de cualquier forma (lo que no da lugar a errores) y su eslabón de conexión es al estilo SRAM, mucho más sencillo de colocar que el clásico pasador de las Shimano que tantas veces me ha dado problemas durante su instalación. Pues lo dicho, ya comentaré la KMC. Se publicita como una cadena “extremadamente durable”, por lo que tengo muchas ganas de evaluar si es eso cierto y también cómo va en suavidad de cambio en comparación con las direccionales de Shimano.

Componentes de transmisión en Bikester.es

¿Mata gente el seguro del automóvil?

Más de 1000 personas mueren al año en accidentes de tráfico (entre los que los ciclistas, aunque nos tocan más de cerca, son los menos). Todas estas muertes se contabilizan como “accidentes”, se paga un dinero a los familiares de las víctimas, y el autor de los siniestros se va para casa tan tranquilo (aquí ya depende de la conciencia de cada uno).

El tema es que no dudamos de que gran parte de estos accidentes y de estas muertes no son intencionados, sino, eso, accidentes. Pero no nos quitamos de la cabeza el hecho de que, el que matar sea tan gratuito, incentiva que en carretera se circule con total falta de atención y el debido respeto. Es decir, creo que tener un respaldo tan “salvador” como el seguro del automóvil, hace a los conductores ser excesivamente despreocupados de lo que ocurre en la carretera, y creo que sin ese seguro, o si las penas fueran mayores con o sin seguro, haría que la gente condujese más prudentemente y muriera mucha menos gente en carretera.

Porque, ¿es un accidente cuando te dicen que estás corriendo mucho y que puedes matar a alguien y tú sigues corriendo? ¿Es un accidente cuanto te dicen que no puedes escribir mensajes mientras conduces, que puedes a matar a alguien, y tú sigues prestando plena atención a tu smartphone mientras conduces? ¿Es un accidente cuando te dicen que no puedes conducir si estás muy cansado y llevas muchas horas sin dormir, que puedes matar a alguien, y tú sigues conduciendo encontrándote absolutamente exhausto? ¿Es un accidente cuando te dicen que no puedes conducir drogado, que puedes matar a alguien, y tú sigues conduciendo bajo los efectos de cualquier droga? ¿Es un accidente cuando te dicen que no se puede conducir con los neumáticos limados o sin la presión correspondiente, que puedes matar a alguien, y tú no prestas la más mínima atención a estos y otros aspectos de seguridad básica? Y así, tantos otros casos que se podrían nombrar aquí.

Estos detalles “sin importancia” pasan, y les preocupan poco a nuestros padres, a nuestras parejas, a nuestros amigos, a nuestros hijos; tal vez nosotros mismos también le damos poca importancia. “Malo será que pase algo”. Ya, pero pasa. Le pasa a más de 1000 personas al año. ¿Cuántas muertes se podrían evitar si no hubiera un seguro que nos respaldase ante todas las precauciones que NO tomamos en carretera?

Y hasta aquí hemos hablado de gente “buena”, de la gente que realmente no quieren matar a alguien en carretera. Pero luego tenemos los tipos de gente (que desgraciadamente hay mucha, y las vemos todos los días comentando por las redes sociales), que directamente se toman la libertad de pasar por encima de la gente que “les molesta” en la carretera, total, para eso pagan un seguro que lo arregla todo. “Yo les pasaba por encima y les tiraba el seguro a la cara”, comentan muchos cuando una bicicleta, un coche “lento”, un peatón, un tractor, etc., les hacen frenar un poco la marcha y les hacen “perder” unos segundos hacia su destino. Muchos sólo hablan, pero muchos también cruzan la línea y lo cumplen. Porque cuando uno se empeña en pensar que es así como se tiene que obrar, al final se acaba obrando así. Mucha gente se defiende con “tuve un accidente porque es que me puso de los nervios”. La inestabilidad mental de una persona es cosa suya, y sólo suele afectar a los que les gusta correr. Y es que, puestos a ponerse de los nervios, es como cuando uno dice “le pegué porque me miró mal y me puso de los nervios”. Una persona que conduce “lento” no causa el accidente, por mucho que el loco que va detrás le eche la culpa por “hacerme hacer un adelantamiento imprudente”.

No puede ser. No puede existir un seguro que te libre de todo. Las muertes se tienen que pagar, y no con dinero. Y no se puede llamar “accidente” a todas las desgracias que ocurren en carretera. Accidente tiene que ser una palabra reservada para aquellos casos realmente imprevisibles que ocurren en carretera, y no para aquellos en los que uno va obrando mal a sabiendas, o por despreocupado, y termina pasando lo peor. Un árbol que se cae justo delante tuya y te hace dar un bandazo, es un accidente; dar una curva a una velocidad excesiva y que el coche se te vaya al otro carril, no lo es.

20 años de Half-Life

Falta justo un mes para que se cumplan los 20 años del lanzamiento de Half-Life, juego que salió al mercado el 19 de noviembre de 1998. La verdad es que es un hecho del que me he dado cuenta por casualidad, ya que se me ocurrió rejugar el primer título para ver cómo era aquello que jugué hace ya tanto tiempo…

Entramos en escena, pasamos la intro y comenzamos. La primera impresión en los primeros compases del juego es un poco rara. Los juegos han “evolucionado” y el control arcaico de Gondon Freeman se antoja diferente y algo complicado, en especial el salto y acertar con las plataformas. No obstante, tras un rato dentro del juego, se le vuelve a coger el tranquillo a sus mecánicas y todo vuleve a fluir como antaño.

Hay muchos juegos antiguos que molaban en su día pero que, jugados desde el prisma actual, se notan muy flojos y no animan a continuar en su aventura, ya sea por su tosco control, por una historia que ya no atrae, o por sus gráficos y mecánicas simples. Pero lo cierto es que es algo que no me ha ocurrido con el título de Valve. El primer Half-Life fue un bombazo en su aparición y, al menos para mí, sigue siendo un título sumamente bueno. Me ha encantado de principio a fin, y eso que venía de jugar unos cuantos títulos potentes…

He encontrado dos cosas de Half-Life que tal vez antes no apreciaba tanto como ahora, y que he disfrutado un montón. Por un lado, tenemos una gran variedad de situaciones en un título inmersivo. El juego ya era inmersivo en su época, pero es que creo que sigue estando muy por encima de títulos actuales. Y es que la inmersión es una cosa, pero luego tenemos esa gran variedad de situaciones y un gran diseño de escenarios, lo que consigue que no haya monotonía a medida que se avanza en este juego. Lo mismo estás en un laboratorio pasillero, como atravesando respiraderos o sumideros, como viendo por fin la luz de sol, como avanzando por la ladera de un precipicio, como encontrando zonas científicas subterráneas de las que no tenías conocimiento.

El segundo tema que he apreciado más de este juego es la calidad del doblaje. La verdad, de nuevo en comparación con títulos actuales, creo que está bastante por encima. Un doblaje de calidad, con una sonoridad, especialmente en interiores con reverberación, que es casi sobrecogedor. Lo cierto es que, tanto las voces como los efectos de sonido, me parecen que tenían (y siguen teniendo) una gran calidad.

En cuanto a los gráficos, pese a las límitaciones de la época, creo que los interiores siguen estando bien resueltos y la mayoría de las zonas creo que siguen siendo bonitas de ver y transitar. Tal vez sea en los exteriores donde más chirría este título, ya que los exteriores que se consiguen hoy en día no tienen nada que ver con lo que Half-Life podía hacer.

Sea como fuere, hay mucho trabajo y mimo detrás del título de Valve; una suma de pequeños detalles que consiguieron crear un conjunto muy grande. Y es un juego que aprecio especialmente, porque, en pleno auge de los FPS, ninguno me atrapó como éste de principio a fin. Tal vez suene raro, pero míticos como el primer Doom, Rise of the Triad, Heretic, Hexen, Blood… son títulos que nunca terminé. Un par de fases y siempre me aburría, me faltaba algo de chicha, algo de historia, algo de variedad, no sé…, pero no cuajaban conmigo.

Así que, aunque con un mes de antelación, felicidades a Valve por el 20 aniversario del Half-Life, y gracias por vuestro trabajo, por las geniales secuelas de la franquicia, por los Portal, por la plataforma Steam y por vuestra implicación con el mundo Linux.

Viento vs turbulencias

Con la llegada del otoño, han comenzado a acecharnos los vientos y las lluvias propios de esta temporada. La verdad es que no son elementos exclusivos del otoño-invierno, sin embargo, es con el frío cuando se vuelven más molestos y, tal vez, también sean más abundantes en esta época.

En cualquier caso, iba yo peleándome hoy, por tercer día consecutivo, contra un fuerte vendaval que me azotó de frente prácticamente todo el trayecto, unido a fuertes rachas intercaladas por el lateral derecho, cuando me puse a pensar en lo diferente que es el hecho de que haya fuertes vientos durante la ruta en comparación con las turbulencias que a veces nos azotan cuando vamos, por ejemplo, bajando a altas velocidades detrás (a distancia prudente, se entiende) de un vehículo voluminoso.

Y es que el viento fuerte es un fastidio, y tiene su peligro, pero al menos es sencillo de controlar una vez metidos en el meollo. Es decir, con unas ruedas sin perfil, el viento nos puede empujar hacia delante o frenarnos, o intentar desviarnos lateralmente de nuestra ruta, pero una vez que nos da esa primera sacudida (por ejemplo, si salimos de una zona cubierta a una con fuertes ráfagas laterales), pues una vez controlada la bicicleta tras ese primer impacto, el resto es cuestión de buscar la postura y es relativamente fácil de controlar la bicicleta.

Sin embargo, las turbulencias son las que me suelen acojonar un poco a mí, mucho más que el viento fuerte en sí. Es decir, las turbulencias las describo como esas ráfagas de viento que no siguen una dirección fija, sino que lo mismo nos azota de un lado como del otro, como un torbellino. Donde más suelo notar esto es cuando voy bajando buena carretera a buena velocidad, con algo de viento (en principio nada crítico), pero de pronto me adelanta un camión o una furgoneta voluminosa. Se abre así, de golpe, un espacio que pueden ser… no sé, 50 metros, incluso más, detrás del vehículo, en los que la bicicleta se torna prácticamente incontrolable, con el manillar zarandeado hacia todos lados, donde tengo que poner absolutamente toda la atención y concentración en la dirección, en sostenerla muy firme para que no me sacuda al asfalto, y peor aún si me pilla en plena curva… Y esta situación se mantiene mientras siga detrás de ese vehículo, aunque vaya a la distancia adecuada, de modo que al final termino frenando la bicicleta y poniendo tierra por medio entre ambos, a fin de poder continuar con una ruta apacible.

Y es que los camiones en bajada rápida y con viento siempre me suponen un hándicap. Si me adelantan, me ponen en aprietos con las turbulencias que dejan a su paso (normalmente, me causan más problemas una vez que pasan de largo que mientras me están pasando, tema que suelen hacer con cautela, afortunadamente). Y si yo voy bajando más rápido que un camión en esta situación de que va provocando buenas turbulencias a su paso, pues casi peor, porque no lo puedo adelantar y porque dejar tierra por medio es complicado, y a veces hay que lidiar un buen rato con los aires endemoniados que me van sacudiendo la dirección y que en más de una ocasión me han forzado a detenerme del todo o me veía cayendo de la bicicleta si intentaba ser cabezota y querer seguir la marcha.

¿A dónde quiero llegar hoy con este artículo? A que hay días como el de hoy, en los que ves por la ventana y ves que hay fuertes vientos, que menean los árboles a gusto, que hacen silbar las ventanas y puertas de tu casa, y piensas que es mejor quedarse en casita que salir a la carretera, y, sin embargo, si sales, puede que vayas muy frenado por momentos, algún latigazo lateral, puede que la carretera esté llena de ramitas caídas de los árboles y tal, pero realmente se puede circular sin demasiado problema. En cambio, a veces hay un día de ligero viento al que no das importancia y, sin embargo, cuando se torna en turbulencias por el motivo que sea, ese sí que es un viento que te pone en peligro, y no contabas con ello…

Chaquetas de invierno en Bikester.es

Sobre el caso Windows 10 1809 Update

Hace unos días apareció en nuestro Windows Update la posibilidad de actualizarnos a la versión 1809 de Windows 10. No obstante, cuando quisimos actualizar un día después resultó que la actualización había desaparecido del actualizador de Windows. Fuimos entonces a la web de Microsoft y conseguimos bajar una copia del nuevo sistema operativo sin problemas.

La sorpresa llegó hoy, cuando varios medios se hicieron eco de que Microsoft había paralizado la distribución de la segunda actualización “gorda” de Windows 10. Esto es debido a que existe, al parecer, un error crítico que borra archivos de los usuarios durante el proceso de actualización. En concreto parece ser que estaban desapareciendo archivos de la carpeta “Mis documentos”.

Sin duda, se trata de un error crítico que trajo muchos dolores de cabeza a los usuarios afectados, quienes no tardaron en soltar chispas vocales en foros informáticos y redes sociales, motivo por el cual Microsoft decidió abandonar la difusión de la nueva iteración de su sistema operativo a esperas de resolver el problema.

Como usuario veterano de diversos sistemas operativos, entiendo el enfado de la gente, pero, a decir verdad, todos los sistemas operativos nos han avisado siempre, antes de realizar una instalación “gorda”, de que debemos realizar una copia de seguridad de nuestros datos, pues se podrían perder durante el proceso de actualización. Supongo que se trata de la letra pequeña que nadie lee, o, tal vez, que nadie hacía caso ya al lobo diciendo que “podía ocurrir que”.

En todo caso, los de Redmond ya han vuelto a colgar en la web el enlace a la iteración de abril de su sistema operativo, que es la versión recomendada actualmente para instalarse el Windows 10.

Sin más, tened siempre cuidado con cualquier actualización mayor de vuestro sistema operativo, pues nunca podemos esperar estar a salvo de un fallo “tonto” que nos derribe los datos del disco duro, en todo o en parte, se trate del sistema operativo que se trate.

Se termina La Vuelta 2018…

Una jornada decisiva queda para que La Vuelta declare virtualmente al ganador de este año, en el duro puerto de La Gallina, en Andorra.

El panorama comenzaba muy diferente hoy, en la etapa 19, con Valverde a sólo 25 segundos de Simon Yates, haciendo la ilusión a los seguidores del español de que pudiera, al fin, a sus 38 años, llevarse una grande. Sin embargo, un grande Yates parece haber dinamitado ya cualquier esperanza, alejando al murciano a 1:38, diferencia que se antoja bastante insalvable para una última y dura etapa. En cualquier caso, no hay que perder las esperanzas hasta el último día.

Lejos de lamentarnos o de ponernos en contra del británico, como esto es ciclismo, hemos disfrutado enormemente de la etapa de hoy, y alabamos la durísima arrancada y escapada que le ha metido Yates al pelotón a 10 kilómetros de la meta. Ha sido esta una hazaña que se veía innecesaria y que cualquier otro en su posición habría dejado pasar, pero Yates no se conformó con su ligera ventaja y con mantener su posición, y nos brindó un gran espectáculo, apuntalando su liderazgo y quedando a las puertas de su, por otro lado, merecida victoria en esta Vuelta a España.

En cualquier caso, pase lo que pase mañana en la etapa 20, felicidades a Valverde por sus dos victorias en esta Vuelta, por habernos mantenido en vilo con su combatividad hasta el último momento, y por recordarnos que el ciclismo de élite no está reservado sólo para veinteañeros.

Orbea Alma M25

Temporada nueva, montura nueva. En esta ocasión probamos la Orbea Alma M25, una delicia de bicicleta que nos devuelve al ciclismo de montaña rígido, un “palo” que no tocábamos desde el 2013.

Estamos ante una bicicleta de carbono OMP de Orbea (lígeramente más pesado pero más cómodo que el OMR), que marca cerca de los 10,4 kg tubelizada y sin pedales y, en cualquier caso, por debajo de los 11 kg con ellos. Lleva todo el cableado interno y, por supuesto, incorpora eje Boost.

Punto por punto

En su excelente montaje encontramos el grupo SRAM Eagle GX, en configuración de 34 x 10-50, aunque para la pata de cambio trasero se ha optado por la tope gama para enduro, la X01. Es mi primera toma de contacto con las 12v de SRAM y he de decir que es un sistema que funciona realmente suave. En los pulsadores, no hay apenas diferencia de tacto con los grupos 1×11 de Shimano, así que el cambio de sistema no implica nada nuevo, excepto que el “release” de las marchas va en dirección contraria al clásico de Shimano, y hay que accionarlo con el pulgar. Esto me ha ocasionado alguna bajada de marcha cuando, en realidad, lo que quería era subirla, pero es fácil acostumbrarse. Por lo demás, decir que el plato de 34 pega de maravilla con la ligereza de la Alma, y el rango 10-50 ofrece una gozada de desarrollo. Va a ser difícil montar de nuevo con el 1×11…

La suspensión corre a cargo de una elegante horquilla FOX 32 Step-Cast de 100 mm con bloqueo remoto y eje Boost 15×110. El bloqueo es total, con lo que, al ponerse en pie, la sensación de como escala carretera esta bicicleta no está muy lejos de la sensación de una bicicleta de carretera en sí. La sensación de cómo dibuja el terreno me parece muy buena.

Las ruedas son unas Mavic Crossmax, que este año incorporan el (ruidoso) núcleo Instant Drive 360 y que van vestidas por las famosas Maxxis Ikon 2.2 TLR. Estas cubiertas ofrecen un gran balón, el cual es comparable a las X-King 2.4 que tengo montadas en la Occam. No obstante, no tardé en cambiarlas por unas X-King PureGrip 2.2, las cuales, para mi gusto, ofrecen más agarre y devoran la carretera a mejor ritmo (y más silencioso).

En los frenos encontramos unos Shimano MT501 con pinzas BR500, que parece que desmerecen del conjunto (unos XT M8000 serían los ideales) pero que, en cualquier caso, resultan eficaces, con buena potencia de frenado, mientras que la apariencia no desentona. Con los frenos siempre tengo una pequeña decepción los primeros días, y es que los frenos nuevos tardan unos 300 km de buenas bajadas en coger una buena mordida.

Tenemos un manillar plano de 72 cm marca de la casa, al igual que los puños, los cuales me parecen de gran calidad, siendo el tacto muy similar a mis siempre favoritos Race Face Half Nelson. La tija y potencia son unas Race Face Ride y el sillín es un Selle Italia SL X-Cross Flow de bastante calidad que tira a duro y con hueco antiprostático y que, contra todo pronóstico (por anteriores malas experiencias con los antiprostáticos), se ha convertido en mi favorito para la montaña. Bastaron tres rutas para notarme súper cómodo con este sillín.

Experiencia de uso

Y llegamos a lo interesante, la experiencia de uso de la Alma.

En carretera, el comportamiento me parece a la altura de lo esperado, o… incluso mejor. Escala suficientemente bien, tiene holgura de marcha para las bajadas y llanea a buen ritmo. Y con buen ritmo quiero decir que en los segmentos del Strava los tiempos que obtengo con esta bicicleta son muy parejos a la Orca, tanto en llano como en subida, y con esto quiero decir que no cuesta seguirle el ritmo a cualquier ciclista de carretera de nivel medio.

En cuanto a la montaña, el paso de la trail doble a esta requiere unos días de práctica para cogerle el punto. En subida, ningún problema, pero, en bajada, se aprecia como la rueda de atrás “va por libre”. Con una distancia entre ejes más corta y la ausencia de suspensión trasera, hay que volver a acostumbrarse a este tipo de bicicleta que, en montaña, requiere un extra de atención y un extra de técnica para guiarla correctamente por donde queremos ir. No obstante, son suficientes tres o cuatro rutas para coger confianza en la montura que ofrece una rígida como la Alma. Y el caso es que, una vez cogida esta confianza, sorprendido por la suavidad con la que se desliza por el terreno montañoso.

La ligereza de esta bicicleta queda patente en cualquier escalada de montaña, ya que parece que se desliza sin apenas resistencia (viniendo de la trail de aluminio). Tanto es así, que con ella he obtenido mi primer KOM (hace ilusión), mientras que estar entre los primeros puestos de los segmentos montañosos se ha convertido en una constante. La comodidad me ha sorprendido, pues, aunque no es la suavidad de la trail, no he tenido problemas con esos impactos que van directos a la espalda en lugar de absorverlos la suspensión trasera, aunque creo que aquí, aparte de la ligera flexibilidad de la tija, también juega un papel muy importante la pericia y técnica del ciclista, ya que no sólo en bajada se necesita un extra de técnica con este tipo de bicicletas, sino también en subidas o llanos bacheados, donde un buen juego corporal ayuda a evitar la mayoría de esos pequeños impactos que pueden ir destrozando nuestra espalda a lo largo de la ruta.

Mis planes para esta bicicleta son rutas largas que intercalan bastante carretera con monte pistero. Mucha gente hoy en día se iría a una Gravel para este propósito, pero yo encuentro que una rígida de montaña permite disfrutar mejor de los tramos de montaña, mientras que, en carretera, permite mantener un buen ritmo. Y en esta tesitura, encuentro que la Alma es una bicicleta perfecta para este cometido. Una montura cómoda y altamente eficiente que nos permite disfrutrar a tope de rutas mixtas.

Bicicletas Orbea en Bikester.es

Rise of the Tomb Raider: así, sí

Rise of the Tomb Raider

Hubo que esperar 3 años para que el Rise of the Tomb Raider se situase de oferta en Steam en la barrera sicológica de los diez euros, además de hacerlo en su edición 20 aniversario, pero ha valido la pena: adentrarse en la aventura de Rise of the Tomb Raider amortiza cada euro invertido en él jaja.

Hace ya casi 22 años que se inició la saga comandada por Lara Croft, a la cual me hice adicto desde el primer minuto de juego. No obstante, son muy fan de alguno de sus juegos, pero no todos han sido de mi gusto. De hecho, he terminado pocos de ellos.

El primer Tomb Raider fue genial, flechazo instantáneo. Lo terminé varias veces antaño, y alguna más recientemente. Sentirte Indiana Jones explorando diversidad de lugares y misterios fue todo un acierto. El mundo del juego 3D en PC estaba plagado de FPS “tipo Doom” que no ofrecían ya ningún aliciente jugable, no proponían variedad de situaciones ni tampoco ninguna historia digna de ser seguida (al menos, hasta que, en 1998, llegó Half-Life). Entonces, entró en escena Lara Croft, una aventurera que se movía por un mundo en aquel entonces bello, con fases bien pensadas y variadas donde nada se tornaba aburrido, que nos sumergía en solitario en un mundo inmersivo.

El segundo Tomb Raider también lo terminé, si bien ni los niveles ni la historia me terminaron de convencer. Sin embargo, a partir de este punto, entramos en unos cuantos títulos sin el gancho suficiente para que consiguiera terminar la aventura. El Tomb Raider III nunca lo terminé; tampoco el Tomb Raider IV (aunque me gustaba bastante más que el III), y el Tomb Raider Chronicles, con sus “crónicas” por separado, tampoco terminó de engancharme lo suficiente para terminarlo.

Después llegó el pequeño reinicio de la saga con Angel of Darkness, un juego que, pese a que la crítica siempre se ha cebado con él, al menos me entretuvo bastante más que los tres predecesores. No estoy seguro de si llegué a terminarlo o no, pero, si no lo hice, seguro que anduve cerca.

Entonces llegó Crystal Dynamics y Lara resurgió con 3 aventuras fantásticas. El Legend me moló mucho, el Anniversary fue un gran replanteamiento el clásico, y con el Underworld cerró una trilogía de la que guardo buen sabor de boca, tres títulos que sí terminé. Por mí, pudieran haber sacado más títulos bajo el nuevo enfoque jugable de Lara, pero alguien pensó que era hora de cambiar de estrategia…

Fue así como, en 2013, renació Tomb Raider con un décimo título principal bajo una premisa diferente. La crítica alabó el nuevo juego, “por fin un Tomb Raider para adultos” dijeron. Para algunos, parece que un juego para adultos es aquel que, o bien tiene escenas sexuales, o bien tiene cantidad de sangre y mutilaciones por pantalla. No estoy en absoluto de acuerdo; a ver si va a ser que títulos como Ori and the Blind Forest no son juegos para adultos. En fin. Jugué, y terminé, el nuevo Tomb Raider con una sensación agridulce. Por un lado, las nuevas mecánicas de juego me parecieron acertadas, y el nuevo diseño de niveles, un paso adelante. Sin embargo, la historia no me atrajo mucho, eché de menos más exploración y las escenas recargadas de violencia y sangre no fueron de mi agrado.

Y aquí llegamos a la actualidad, en un momento en el que está a punto de salir la tercera entrega del renacimiento de Lara con Shadow of the Tomb Raider, cuando, al fin, me puse manos a la obra con su segunda entrega, Rise of the Tomb Raider. El sabor agridulce que me dejó la décima entrega hizo que me replantease en varias ocasiones si dar o no dar una oportunidad al título que nos ocupa, pero es un Tomb Raider… con lo que al final siempre pico. Al menos, salió bien, y con esta nueva aventura estoy realmente satisfecho.

Estamos en el juego que es para mí realmente el renacimiento de Lara Croft. Lo tiene todo, y todo en buena medida y con buen gusto (al menos, en cuanto a mi gusto). Hay acción, violencia que no se regodea en la casquería, multitud de elementos que recolectar, una buena progresión de nuestras capacidades, unos escenarios que transcurren casi en su totalidad en una zona nevada pero que para nada resultan monótonos, buen acompañamiento sonoro, sigilo, mucha exploración, tumbas que suponen algún reto completarlas y que traen la esencia de Tomb Raider a nuestros sentidos y una historia con un trasfondo que, al menos a mí, me engancha. Y es que las aventuras en búsqueda de arqueología antigua que parten de una base del mundo real, siempre me atraen. Que si el antiguo Egipto, los mayas, qué pudo haber de cierto o en qué se fundamentan las distintas religiones del mundo… Y es que el pasado pudo haber sido soso, las pirámides las pudieron haber hecho humanos y la religión pudo haber partido de las creencias colectivas a lo largo de los años, pero fantasear o que alguien se invente alguna historia alternativa de cómo pudieron haber aparecido, siempre es más emocionante. No digo que Rise of the Tomb Raider nos proponga nada nuevo en este sentido, pero sí toca uno de estos ancestrales palos.

En cuanto al apartado técnico, Rise of the Tomb Raider está bien resuelto. Todo funciona como se espera, no me he encontrado con ningún fallo a lo largo de toda la aventura, al menos en cuanto a sus mecánicas y a su diseño. Otro tema son los enemigos, al menos en dificultad normal, ya que son tontos. Puedes pasar tranquilamente delante de sus narices que no te ven. Esto resta bastante de la experiencia de sigilo. Al menos, si tienes un fallo garrafal y alguno te ve, todos se te echan encima.

Los tiempos de carga de las fases han sido una grata sorpresa. Para ponernos en antecedentes, venía de pasarme el Just Cause 3. Los tiempos de carga de ese juego son bastante pesados, en especial cuando mueres y/o vas a repetir una misión o reto fallido, tema que debería ser instantáneo. En Tomb Raider, hay una primera carga de cada zona que sí que se lo toma con tranquilidad, pero a partir de ahí el juego fluye sin esperas. Si mueres y tienes que repetir desde un punto de control, es instantáneo. El único problema es si usas el “viaje rápido”, ya que recargar otra zona del mapa sí se lo vuelve a tomar con calma. Además, se echa de menos algún tipo de barra de progreso de la carga.

En resumen, 22 años después, Lara me ha vuelto a dejar satisfecho ;) (y que no se me malinterprete la broma, ya que el tratamiento del personaje nunca ha sido más maduro y menos sexista como en la nueva trilogía que estamos viviendo de la aventurera más famosa del mundo, y es un gesto de agradecer). Ahora, a esperar con ganas el tercero de la trilogía, aunque parece que, además de ahondar en el tema de las tumbas y los puzzles, también vuelve la casquería y lo escabroso, muy a mi pesar.

Occam 2012 vs Occam 2016

Este mes tengo en mis manos mi “vieja” Occam S50 del 2012, que va de paso hacia un nuevo usuario, así que he aprovechado para dar unos rules y de paso puedo hacer una comparación de tú a tú con la Occam TR.

Ambas bicicletas partieron de un presupuesto similar, sin embargo, la S50 es una bicicleta con cuadro de carbono y un peso en torno a los 12 kg, mientras que la TR es de aluminio y su peso está en torno a los 14 kg. Aquí encontramos el primer punto diferenciador, y es que la S50 escala que da gusto. Se nota ágil y ligera, y sube monte a ritmo alegre. Está claro, las 29″ no tienen nada que decir contra los 12 kg de la antigua Occam. Además, el molinillo 22x36x26″ permite que la S50 suba por pendientes impensables para la TR. Claro que, después de subir, toca bajar, y aquí es donde la Occam TR con sus 29″ y su peso extra afianzan el aplomo de la bicicleta, además de que apuntalan el paso por curva. La S50 bajando es un saco de nervios. En cuanto al llaneo, no parece haber una clara vencedora. Si el terreno es muy irregular se supone que ganan las 29″, pero vamos, no aprecio una clara ganadora.

Hace unos días comparaba una Stereo HPC del 2014 con mi Occam TR, donde, pese a las tecnologías más modernas de la TR, para mí la Stereo es una mejor bicicleta en general. No es así el caso de la antigua Occam, la cual, pese a que en su momento también jugaba en una liga superior, a día de hoy es una bicicleta que, en el cómputo general, ofrece una peor experiencia ciclista. De esto extraigo, por ejemplo, que, si hay que volver a usar doble o triple plato, cambios y frenos más antiguos, no tengo problema, pero las ruedas de 26″ definitivamente están desterradas del monte.